Por: José Vanegas Mejía
Una tarde vi llegar al señor que nos hacía los oficios generales en la casa. Traía un envoltorio (todavía existe esta palabra). Lo depositó en mis manos mientras me decía: “Pienso que a usted le puede interesar”. Se trataba de tres libros de la editorial La oveja negra, esos de color tabaco y letras doradas en la portada.
La semana siguiente hizo exactamente lo mismo. No le dije que esas obras ya las tenía en mi biblioteca; no quise maltratar su entusiasmo. Ni siquiera me cobró por las seis novelas que me había traído. Por curiosidad, le pregunté de dónde sacaba esos libros. Sin muestras de rubor me confesó que estaba cuidando la residencia de una viuda cuyo marido había dejado una biblioteca inmensa. Por primera vez, pensé en el destino que les esperaba a mis libros. Comencé a seleccionar sitios como posibles recintos para ellos. Al final, decidí que gran parte irían a los colegios donde laboré por mucho tiempo, entre ellos, la IED Laura Vicuña, en Santa Marta.
En la biblioteca de ese plantel de bachillerato permanecen los 20 tomos de “El nuevo tesoro de la juventud”, enciclopedia a la que dedico las palabras que siguen, a manera de remembranza: Atrás quedaron aquellas tardes en que la biblioteca del Liceo Celedón se convertía en refugio silencioso para leer un buen libro. Antes o después de la Educación física, podíamos llegar a ese recinto, aireado apenas por lentos ventiladores, para consultar un tema propuesto por alguno de los profesores o para adelantar un poco el dibujo que pudiese merecer una buena nota con el profesor Joaquín Puello.
También nos servía la biblioteca para adentrarnos en el mundo de los conocimientos simples, con respuestas a interrogantes como ¿por qué se producen las mareas?; ¿por qué al doblar una hoja de cuaderno siempre se forma una arista completamente recta? O ¿por qué …? Era precisamente esa la sección más llamativa; nuestra atención se detenía en ‘El libro de los por qué’, (escrito así en vez de la forma correcta: porqués). Esta era una parte apenas de “El tesoro de la juventud”. ¡Qué instructiva era esa sección en cada uno de los 20 tomos de la enciclopedia! Instructiva, sí, pero además sumamente amena; lo suficiente para “obligar” al joven lector a volver el día siguiente para buscar la página marcada y continuar la interminable búsqueda de conocimientos. No eran menos importantes otros llamados ‘libros’, como ‘Narraciones interesantes’, ‘Los países y sus costumbres’, ‘Hechos heroicos’ y ‘Cosas que debemos saber’.
La mirada amable de la señora bibliotecaria, Alonsina de Sánchez, siempre estaba atenta al desempeño de cada lector. Ella recomendaba alguna lectura a quien llegase allí sin un plan determinado. Por la disciplina no se preocupaba, pues la informalidad en el resto del plantel cesaba cuando se ingresaba al largo salón de la biblioteca, en el segundo piso del ala sur.
“El tesoro de la juventud” cambió de color: de verde oscuro pasó a blanco. Tal vez haya tenido otros colores, pero su contenido seguía siendo una invitación al descubrimiento del mundo. Unos pequeños diálogos en tres idiomas proponían al lector la introducción a las lenguas inglesa y francesa de la manera más sencilla posible. “El tesoro de la juventud” ilustraba con magníficas láminas tanto los temas científicos como los artísticos. Las míticas leyendas y los numerosos cuentos siempre estaban precedidos por dibujos en blanco y negro, como mandados a hacer para que sirvieran de modelos en la clase de dibujo a lápiz. Algunos estudiantes arrancaban esas ilustraciones para reproducirlas en sus casas mediante el método de cuadrícula, aprendido en el aula; también aplicaban el pantógrafo, aparato novedoso para nosotros en esa época. Ese proceder imperdonable, que mutilaba a quien tan bien nos servía, dejó más de un tomo maltrecho, con el consiguiente perjuicio para todos. Pero “El tesoro de la juventud”, nuestro sirviente incondicional, seguía esperando en su sitio la oportunidad para encender su mágica lámpara en las mentes juveniles.
Hoy ya no es posible encontrar al viejo amigo con su nombre original: Rebautizado, hay que buscarlo como “Nuevo tesoro de la juventud”, con sus secciones invariables y con la misma disposición de acompañar por el vasto universo del conocimiento a quienes requieran abrevar en su fresca fuente.
De vez en cuando hay que detenerse en el camino para agradecer —con humildad nunca excesiva— a quienes de alguna manera lograron modelarnos y, sin darse cuenta ni esperar recompensa, dejaron huella en nuestra formación académica y aun en nuestra personalidad. A ellos debemos muchos logros conseguidos en la amplia senda que hemos recorrido. Y entre tantas personas e instituciones que merecen nuestro reconocimiento ocupa un lugar destacado “El tesoro de la juventud”.
*Licenciado. Docente Universitario. Escritor. Autor. Premio Latinoamericano de Cuento
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