Por: Dinhora Luz Sierra Peñalver*
La Guajira es una tierra que vive en un equilibrio sutil entre la grandeza de su geografía y la fragilidad de su destino. Sus paisajes, de un hermoso desierto que respira, de un mar que murmura historias, de unas comunidades que preservan con nobleza la memoria ancestral, poseen una magnificencia que desarma. Pero bajo esa belleza innegable se ocultan heridas profundas, persistentes, casi estructurales, que durante décadas han sido observadas con indiferencia o explicadas con ligereza.
Como mujer nacida de esta tierra, desde la serenidad de una mañana cualquiera que invita a la reflexión y la palabra lenta, quisiera explorar con mayor hondura seis necesidades que configuran la realidad de nuestros municipios. No para reiterar lo ya dicho, sino para iluminar con el rigor de la conciencia aquello que, por cotidiano, corre el riesgo de volverse invisible.
La primera herida es la escasez de agua potable. El agua, ese elemento primario que posibilita la vida y la dignidad, es para muchas comunidades un bien tan esquivo como la lluvia en el desierto. En los corregimientos y rancherías de Uribia, Manaure y otras zonas rurales, el agua no fluye como derecho, sino como azar. Su ausencia no solo seca la piel y la tierra, seca también oportunidades, salud, sueños. La lucha diaria por un balde de agua es una metáfora cruel de lo que hemos permitido que sea la vida de muchos guajiros: un esfuerzo agotador por sobrevivir donde debería haber plenitud.
A esta carencia se suma la inseguridad alimentaria, que se ha vuelto un huésped indeseado pero constante en miles de hogares. Las cifras hablan de pobreza, pero las cifras no lloran; lloran las madres que reparten raciones insuficientes, lloran los niños que despiertan sin certeza de un desayuno, llora la tierra cuando no se siembra por falta de agua y apoyo técnico. El hambre es una violencia silenciosa que disciplina los cuerpos y la esperanza. Ninguna comunidad puede aspirar a transformar su futuro cuando la primera batalla del día es llenar un plato.
La salud, que debería ser un sistema de protección y cuidado, se convierte para muchos en un camino de obstáculos. El trayecto hacia un hospital o un puesto de salud puede ser más largo que la propia enfermedad. La falta de especialistas, de transporte, de equipos adecuados y de una red que articule los diferentes niveles de atención no es una falla técnica: es una falla ética. ¿Cómo pedir a una comunidad que prospere si la enfermedad la encuentra antes que el médico?
La educación, por su parte, sigue siendo el proyecto aplazado de tantas generaciones. Nuestros niños caminan kilómetros para llegar a escuelas donde a veces no hay conectividad, materiales suficientes o programas actualizados. Sin embargo, llegan; perseveran; aprenden. La resiliencia de la niñez guajira es admirable, pero la resiliencia no debería ser la condición para educarse. Educar debería ser sencillo, natural, un derecho garantizado. Mientras la educación continúe siendo una batalla diaria, el futuro de nuestros jóvenes seguirá marcado por barreras que ellos no crearon.
En materia de infraestructura, la provincia vive entre el aislamiento físico y el aislamiento simbólico. Las carreteras que se disuelven con la lluvia, los caminos destapados que separan familias de hospitales, escuelas y mercados, y la falta de servicios públicos eficientes en zonas rurales consolidan un paisaje donde la distancia se transforma en desigualdad. Infraestructura no es solo cemento: es la forma en que un Estado dice “sí, ustedes también importan”.
Finalmente, la economía informal reina en la mayoría de nuestros municipios. No por falta de talento, sino por falta de oportunidades que canalicen ese talento hacia un empleo digno. La Guajira está llena de manos diestras: tejedoras que convierten el hilo en arte; pescadores que conocen los secretos del mar; jóvenes con ideas que podrían renovar la región. Pero sin inversión, sin impulso empresarial, sin programas de emprendimiento sostenidos, esas capacidades quedan relegadas a la supervivencia diaria. Y una sociedad condenada a sobrevivir difícilmente puede innovar.
Estas seis realidades: agua, alimentación, salud, educación, infraestructura y economía, no son asuntos aislados; son un entramado de causas y efectos que, juntos, definen el rumbo de los municipios de nuestra provincia. Ignorarlos es perpetuar un destino que no merecemos; comprenderlos profundamente es el primer paso para transformarlo.
La Guajira no es una tierra destinada a la escasez. Es un territorio capaz de renacer si se le mira con respeto, si se le gobierna con responsabilidad, si se le acompaña con políticas que no sean improvisadas sino estructurales. Las soluciones existen; pero, requieren voluntad, continuidad, participación comunitaria y un compromiso real con la justicia territorial.
Por eso, hoy, desde esta trinchera de palabras, invito a quienes leen estas humildes líneas a detenerse un momento y mirar más allá del paisaje. A reconocer que la belleza de La Guajira exige, también, una responsabilidad ética con quienes la habitan. Que cada gota de agua negada, cada niño sin escuela, cada vereda sin carretera, cada madre sin alimento suficiente, cada joven sin empleo digno, es una deuda que el país aún no ha saldado.
La resplandeciente tierra guajira nos sigue esperando, paciente pero herida. No podemos permitir que siga esperando para siempre.
¿Qué país queremos construir si seguimos aceptando que en una de las tierras más ricas culturalmente, más luminosas y más resilientes de Colombia, la dignidad aún sea un privilegio y no un derecho?
*Abogada. Analista. Columnista

