MIGUEL-BAYTER-BAYTER. Abogado

Por: Miguel Enrique Bayter Bayter*

Nadie se atreva a llamarlo “acuerdo de paz”. En Gaza no se ha firmado la paz: se ha rubricado, con tinta diplomática y sangre reseca, un respiro entre cadáveres. Los señores del mundo —aquellos que se sientan en salones climatizados de Ginebra y Sharm el-Sheij— celebran el fin de la guerra como quien brinda por la salud del enfermo terminal: sabiendo que no tiene cura, pero queriendo salvar las apariencias.

En efecto, el llamado Gaza Peace Plan es un prodigio de la hipocresía moderna. Israel promete cesar el fuego, Hamas promete comportarse como una organización civilizada, y Occidente promete creerles. Nadie cumple nada, pero todos se felicitan. ¡Qué maravilla de diplomacia!

Los mismos que hace un año justificaban la destrucción total de Gaza hoy se proclaman arquitectos de su reconstrucción. Es la vieja danza de la culpa: destruyo, lloro, y después dono cemento. Estados Unidos, que financió la guerra, ahora se postula para financiar la paz. Egipto ofrece mediación, Qatar los cheques, Europa los discursos, y la ONU… los comunicados de prensa.

Y en medio de tanto oropel multilateral, los palestinos —eternos convidados de piedra a su propia historia— son tratados como si fueran una especie en vías de extinción que necesita un hábitat artificial bajo supervisión internacional.

¿Gobierno provisional en Gaza? ¡Qué ternura! Una burocracia “tecnocrática” que será tan independiente como un gato de salón. A cada ministro lo designará una capital distinta, y todos deberán jurar lealtad al “orden global”, esa entelequia que cambia de dueño cada cuatro años, según quién gane en Washington.

El intercambio de rehenes se presenta como el gran gesto humanitario del acuerdo. Hamas libera veinte israelíes, Israel libera dos mil palestinos. Pero no nos engañemos: no hay perdón ni justicia en esta transacción, sino contabilidad de dolor. Son cuerpos usados como fichas, lágrimas convertidas en diplomacia.

Y aun así, el mundo aplaude. Porque nada conmueve tanto a las cancillerías como una buena fotografía: un niño liberado, una madre llorando, un líder estrechando manos. La estética del humanitarismo, el reality show del sufrimiento ajeno.

Se exige a Hamas que se desarme. Claro, como si la violencia fuera una pistola y no una ideología. Israel, por su parte, promete moderación, pero mantiene la mano en el gatillo y los aviones en el aire. Seamos sinceros: nadie se desarma porque nadie confía. La paz que nace de la desconfianza es un cadáver con certificado de nacimiento.

Egipto, pobre Egipto, será el encargado de “garantizar la estabilidad”. Un país que no puede controlar el precio del pan pretende ahora controlar los cohetes de Gaza. ¡Suerte con eso, mariscales del Nilo!

Se anuncian miles de millones para reconstruir la franja. Carreteras, hospitales, escuelas… el catálogo habitual de la esperanza prefabricada. Pero no habrá ladrillo que reconstruya la dignidad de un pueblo que fue reducido a polvo por los mismos que hoy prometen redimirlo.

La reconstrucción de Gaza será el nuevo gran negocio de la paz: contratos inflados, consultores extranjeros, conferencias sobre resiliencia. El capitalismo humanitario en su máxima expresión.

Al final, este acuerdo no es más que un cese de fuego entre hipócritas. Un pacto para que los muertos descansen y los vivos cobren. Una paz firmada por quienes jamás la sufrirán.

Occidente aplaude su propio reflejo en el espejo de la moral. Israel gana tiempo. Hamas sobrevive. Y Gaza… Gaza sigue siendo el mismo territorio sitiado, solo que ahora bajo la custodia de los mismos verdugos que la arrasaron.

Que no nos engañen: la paz no se firma, se merece. Y Gaza, pobre Gaza, sigue esperando que la justicia deje de llegar en forma de dron.

 *Abogado. Analista. Escritor. Columnista

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