Por: Alfredo León Leyva*
El retrete, toilette, váter, hoy sanitario registra en su historia en el universo de la tierra, una de las primeras evidencias de sistemas de saneamiento básico para la higiene y salud desarrollada en manera rudimentaria en la región de Mesopotamia, cuna de civilizaciones como la sumeria, acadia y la babilónica. Muy cerca al IV milenio antes de cristo, se hallaron de estos en ciudades como Ur de caldea, indicios de canales de desagüe excavados en la tierra o construidos con ladrillos de barro cocido por donde se transportaban los excrementos humanos y todo tipo de aguas sucias fuera de las áreas habitadas, a menudo dirigidos hacia ríos o zonas desérticas en prevención de la propagación de algunas enfermedades. Y en el Valle del Nilo, en el antiguo Egipto, también se halló de este desarrolló con sus propias soluciones sanitarias; y aunque no poseían un sistema de alcantarillado público tan extenso como el que se desarrollaría posteriormente en Roma, los egipcios eran conscientes de la importancia de la salubridad y se han encontrado evidencia de retretes primitivos en algunas casas y palacios, consistentes en asientos de madera o piedra sobre pozos o canales de desagüe. Allí, estos pozos a menudo se vaciaban manualmente.
Los romanos se acercaron mucho a la idea actual del inodoro con su sistema de letrinas públicas con agua corriente, que se llevaba de inmediato las deposiciones hacia una serie de cloacas subterráneas; de manera, que los malos olores se mantenían en unos mínimos aceptables. Pero con el colapso del Imperio este sistema dejó de usarse y durante siglos los orinales se vaciaron por las ventanas al grito de «¡Agua va!», lo que ayudó a propagar el tifus y toda clase de enfermedades infecciosas. En 1596, sir John Harrington, ahijado de la reina Isabel I, concibió́ un váter conectado a un depósito de agua que arrastraba los deshechos al ser descargado. Lo instaló en el palacio real, pero el invento nunca llegó a difundirse porque la reina, no se sabe por qué́ motivo le negó́ la patente para fabricar más. Puede que, como se ha argumentado, la ausencia de redes de alcantarillado o de fosas sépticas hubiera frenado el uso a gran escala del váter de Harrington, pero también puede pensarse que las clases altas habrían imitado a la reina y el invento se habría difundido.
Debieron pasar casi dos siglos para que otro inglés, Alexander Cummings, retomara la idea e inventara el primer inodoro moderno; este relojero de Londres patentó en 1775 un retrete cuyo funcionamiento se regía por el mismo principio que el de Harrington: una descarga de agua limpia arrastraba los desechos. Su gran innovación fue que el desagüe se hacía a través de un sifón, una tubería en forma de «S» que permite mantener el nivel del líquido en la taza, creando una barrera de agua limpia que impide que los malos olores retornen hacia el sanitario. Eso permitió́ instalar el retrete en la propia vivienda sin problemas.
Cummings insertó sus inodoros en muebles de madera que los ocultaban de la vista cuando no eran usados y que contenían el dispositivo que activaba el mecanismo de descarga y desagüe; sin embargo, el sistema no era perfecto. La cisterna goteaba con frecuencia y la válvula instalada en el fondo de la taza para cerrar el sifón tendía a atascarse. Joseph Bramah, un ebanista que había instalado varias unidades del retrete de Cummings, se fijó́ en los defectos de su diseño e ideó una válvula mucho más eficaz para cerrar el sifón, que se mantenía limpia gracias al flujo del agua. Además añadió́ una segunda válvula para cerrar la cisterna, evitando así́ las filtraciones.
Las articulaciones de estas válvulas, que funcionaban mediante muelles, estaban diseñadas para permanecer siempre secas, de manera que no se bloqueasen durante el invierno, cuando el agua llegaba a congelarse una palanca abría ambas válvulas a la vez y el chorro de agua llegaba al fondo del inodoro a través de un orificio cubierto por una placa de metal que evitaba salpicaduras fuera de la taza. En 1778, Bramah patentó su modelo y lo comercializó con cierto éxito, pues era más fácil de manejar y más eficaz que el de Cummings. En lo sucesivo, el aparato no dejó de perfeccionarse, e inició a hacerse popular en Europa.
Albert Giblin creó un modelo en 1819 muy similar a los actuales, sin válvula en la taza. En 1849, Thomas Twyford fabricó los primeros inodoros de cerámica, y en la década de 1880 Thomas Crapper que había adquirido la patente de Giblin, inventó el flotante, el corcho que sirve para cerrar automáticamente el flujo del agua en la cisterna.
Pero más trascendental fue la ley del Parlamento británico de 1848 que obligó a instalar inodoros en las nuevas viviendas, aunque pasarían décadas antes de que el “wáter closet” o «armario del agua» llegara a todas las casas de Londres. Por supuesto que al prohibir los baños públicos no se buscó alternativa. El poder pasó a definir lo que era y no era válido, y así a generar el círculo vicioso de la estructura social; habría baños en castillos, en algunas casas de la nobleza, en las edificaciones clericales y nada más. «En las casas más nobles se crearon habitaciones para este uso específico que contenían en un principio, una sola letrina; mientras que la población más pobre, en general se hacía las necesidades en orinales.
En el caso de los castillos, generalmente se construyeron baños sobresaliendo de la edificación, en ménsulas, así cualquier desperdicio caería por un agujero como una especie de desagüe directo al foso del castillo, quedando al margen los desechos humanos. Lo más deseado u óptimo era no obstante, que los desechos fueran directamente a un río.
Hasta la alta Edad Media no se prohibió arrojar orina y heces a las calles londinenses, solo se sancionaba con multas a quien lo siguiera haciendo. En 1421, indica Laumonier, que un documento deploraba que de vivir en un edificio sin retrete, los vecinos recurrieran a las mujeres viudas para que estas se encargaran de ir a las afueras a tirar los excrementos.
«Los inodoros privados empotrados eran menos comunes en áreas urbanas superpobladas que en entornos rurales, donde los agricultores tenían más espacio para hacer su propia ‘casa trasera’, que a su vez, proporcionaba estiércol usado como abono para sus cultivos. En las ciudades, a veces también se construyeron algunas “traseras», pero siempre dependía del poder adquisitivo de los habitantes.
Tuvieron que pasar tres siglos más para que, en la década de 1880, los váteres en funcionamiento se conectaran con un sistema de alcantarillado oculto bajo el suelo de la civilización. El mundo cambió para siempre y surgió otro mundo bajo nuestros pies. «Olvídate de los antibióticos, la máquina de vapor, la calefacción central o la luz eléctrica: los váteres con cisterna y los sistemas de alcantarillado son posiblemente, las innovaciones más importantes del siglo XIX, y un gesto que pone en relieve de qué somos y cómo hemos llegado hasta aquí».
En Francia en el siglo XVII El lavado corporal era en seco, y el de los reyes y reinas, público. Por la mañana, lo primero que hacían tras levantarse era enjuagarse las manos con agua ante un selecto grupo de nobles. Era el único contacto con el agua ya que la higiene corporal se hacía frotando el cuerpo con telas de algodón perfumadas. La toilette en el siglo XVII fue hecho connotado en la más alta sociedad francesa, y al acudir a una fiesta fue costumbre admirada por todos, llevar a la fiesta una toilette que era portátil y que cada invitado instalaba la suya en el Jardín del palacio anfitrión; y cuando el invitado acudía a la toilette a evacuar sus orines o sus eses, lo hacía público anunciando que iba hacia su retrete. Los demás salían del salón y asomados todos en el jardín esperaban que el afanado sosegara su ansiedad por echar afuera sus residuos corporales, y al salir de aquel cubículo descargado, todos le aplaudían con fervor.
Sin embargo, no fue hasta finales del siglo XVIII cuando lavarse con agua comienza a considerarse necesario para la salud, y sólo a principios del siglo XIX se generaliza en París el acceso y uso del agua limpia. Los primeros inodoros enr su parecido con los actuales, se remontan al siglo III antes de Cristo, en la antigua ciudad de Mohenjo-Daro, Pakistán.
Hoy todo ha cambiado, ya nadie anuncia que va para el baño, y menos le aplauden cuando se sale de él; las costumbres cambiaron, aunque sigue siendo una necesidad sana y primaria de echar afuera todo lo que se come, como dice el evangelio: lo que entra por la boca, pronto estará en la letrina.
El baño es el refugio para la meditación, y quizás por lo agradable de evacuar sentado, nos invita a la quietud mental, al placer de sentirse ligero y libre de cualquier presión, que no sea de agradecimiento hacia ese limpio y pulcro artefacto de pedernal que todos usamos y llegamos a querer. No he oído hasta hoy, que alguien diga: que no gusta del inodoro.
*Ingeniero. Escritor. Columnista

