dinhora luz sierra peñalver- Abogada. Columnista

Por Dinhora Luz Sierra Peñalver*

Colombia ha descubierto una nueva religión: el gas. Y como toda religión naciente, tiene sus apóstoles —Ecopetrol, Petrobras y el Gobierno— y sus herejes: quienes, con un poco de memoria y algo de sensatez, se atreven a preguntar si no estamos cavando otra fosa bajo el disfraz del progreso.

El proyecto “Sirius”, esa promesa offshore que flota en las aguas del Caribe con la seducción de los miles de millones de dólares, ha sido presentado como el salvavidas energético de una nación que, según dicen, podría quedar a oscuras si no perfora su mar. Pero debajo de la retórica patriótica, de los discursos revestidos de transición energética y soberanía nacional, asoma la vieja historia: el extractivismo maquillado de innovación.

Nos dicen que el gas es “el puente hacia las energías limpias”. Qué curioso puente, si cada metro que se avanza en él está hecho del mismo cemento fósil que nos trajo hasta esta orilla. Hablan de sostenibilidad mientras perforan el fondo marino, de independencia mientras firman contratos con multinacionales, y de justicia climática mientras se ignoran los derechos de las comunidades costeras que habrán de soportar el ruido, la contaminación y la ausencia de beneficios reales.

El argumento central es siempre el mismo: o explotamos o nos apagamos. Es la falacia más rentable de la historia. Se nos hace creer que el único camino para sostener la economía es seguir exprimiendo lo que queda bajo tierra o mar. Pero Colombia no sufre de escasez de recursos, sino de abundancia de intereses. No es la falta de energía lo que amenaza, sino la falta de visión.

Mientras el mundo desarrollado acelera su retiro de los hidrocarburos, nosotros nos aferramos a ellos con el fervor de quien teme quedarse sin altar. Sirius no es el futuro; es un eco del pasado que se disfraza de modernidad.

Resulta conmovedor —y un tanto grotesco— escuchar al Gobierno hablar de transición energética mientras celebra el hallazgo de nuevos yacimientos de gas. En la plaza pública, se predica el evangelio verde; en las juntas directivas, se adoran los números azules del petróleo.

Ecopetrol, con su impecable dominio del lenguaje técnico, llama a esto “optimización del portafolio energético”. Los ciudadanos, menos versados en tecnicismos, podríamos llamarlo simple contradicción. El gas puede ser menos sucio que el carbón, pero sigue siendo un fósil. Y ningún país puede caminar hacia el futuro arrastrando los huesos del pasado.

El proyecto Sirius podría llenar titulares, engordar balances y maquillar estadísticas. Pero ¿cuánto durará su resplandor? Los proyectos offshore son costosos, lentos y profundamente inciertos. Las promesas de desarrollo regional suelen disolverse entre los pliegues de los contratos y las consultorías. Las comunidades, una vez más, quedarán mirando desde la orilla cómo se alejan las plataformas, llevando consigo las riquezas que jamás conocerán.

Colombia necesita energía, sí. Pero sobre todo necesita coherencia. No se puede hablar de transición mientras se amplía la frontera fósil, ni de justicia ambiental mientras se silencia a las comunidades que habitan la tierra y el mar. Sirius, con su nombre de estrella lejana, podría terminar siendo eso mismo: una luz distante, inalcanzable, que solo brilla en los discursos de los que la anuncian.

Algún día, cuando el gas se agote y los discursos se disipen, descubriremos que la verdadera energía estaba en otra parte: en la capacidad de transformar sin destruir, en la valentía de decir “no” a lo rentable y “sí” a lo correcto. Hasta entonces, seguiremos perforando, celebrando y creyendo, con la fe ciega de los conversos, que el futuro puede construirse con los restos del pasado. 

*Abogada. Analista. Columnista

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